Suponiendo que durante la replicación las mutaciones ocurriesen estocásticamente y que su presencia no afectase a la replicación viral, los errores genéticos se repartirían entre los genomas de acuerdo con la distribución de Poisson.
Las distribuciones teóricas no se cumplen en la realidad porque muchas mutaciones no son neutrales y algunas de ellas incluso pueden comprometer seriamente la replicación del sistema. De hecho, con una información genética tan compacta como la codificada en un virus ARN, quizá no exista ninguna mutación estrictamente neutral.
Un ejemplo muy claro es un genoma con un solo cambio de nucleótido pero que corresponda a un cambio de aminoácido en el sitio catalítico de la ARN replicasa del virus. Esta mínima lesión genética tiene gran probabilidad de ser muy deletérea para el virus. Cada posible mutación en un genoma viral tendrá cierto efecto sobre la eficacia biológica del genoma mutante. Por ello, la ordenación de variantes no será geométrica y pulida como es el espacio de secuencias.
El valor biológico de cada uno de los variantes inmersos en la cuasiespecie determina la proporción con la que cada variante estará presente en la población. Ahora bien, el valor biológico depende del ambiente, de modo que, a menos que las condiciones ambientales permanezcan controladas y constantes, la superioridad o inferioridad de un variante en particular será fugaz. Al considerar la multiplicación de una cuasiespecie viral en el heterogéneo mosaico de células, tejidos y órganos que son un animal o una planta, la dinámica de las cuasiespecies estará continuamente sometida a perturbación. Poco queda de las distribuciones de Poisson teóricas. Las reglas de competición entre variantes, que en gran parte son desconocidas, gobiernan la evolución de las cuasiespecies in vivo.